martes, 25 de febrero de 2014

Siempre a mi lado

Hubo una vez una feliz pareja que vivían el día a día compartiendo el amor que ambos sentían el uno por el otro. Un amor que desde que nació, no hizo otra cosa que ser más intenso cada día.
Había días en los que no podían pasar el tiempo juntos, y esos momentos eran insoportables para ambos, puesto que lo que más deseaban era volver a encontrarse para llenar ese vacío que sentían al ver que no tenían a esa persona tan especial a su lado.

Conforme avanzaron los años, descubrieron que estaban echos el uno para el otro. Se casaron, y fue ahí donde descubrieron que el amor de su vida era la persona que tenían enfrente.
Un día, ella fue diagnosticada de una enfermedad incurable que acabaría con ella en un pequeño plazo de tiempo. Él, desolado, pensó que lo mejor era seguir viviendo cómo hasta ahora habían echo, colmándose de su interminable amor, sin pensar en que ese día podría llegar.

Pero el día finalmente llegó, y su esposa, que había sido el centro de su vida, desapareció para siempre.
Fue increíblemente duro para él ver el hogar antes tan iluminado por la luz que ella desprendía sumido en las tinieblas de su profunda amargura. Entonces recordó esos momentos de cariño, de felicidad junto a ella. De esa lágrima que a ella se le escapó cuando le pidió matrimonio. De esas largas mañanas en la cama despiertos, mirándose a los ojos el uno al otro sin decir nada, pero diciéndolo todo. Y también de lo insufrible que se hacía cuando no estaban juntos, pero sabiendo que estaban presentes en la mente y el corazón del otro.
Ésto último hizo que él levantara la cabeza desde el lado del sofá donde ella siempre solía acurrucarse cuando veían películas y ella siempre se quedaba dormida. Se percató de que ella aún existía, ya que lo que no existe no se puede sentir. 
A pesar de ser un fiel católico, las semanas después de su muerte dejó de acudir a misa. Se le hacía imposible pensar que su amada esposa estuviera en el cielo, lejos de él.
Pensó que, a lo mejor, su espíritu se encontraba en la casa y pensó que nunca la abandonaría. Pero al cabo de los días, se dio cuenta de que ésto no era así.

Uno de los tantos días por la mañana en los que para él era imposible levantarse por ver el otro extremos de la cama vacío, y no esos inmensos y profundos ojos verdes, desayunó sin apetito alguno en la mesa en la que estaba el clavel que su mujer dejó con una gran sonrisa días antes de su muerte. "Siempre viene bien tener flores, alegran la vida" dijo ella. Éste se encontraba prácticamente en sus últimas, debido a que el jarrón apenas tenía agua. Decidió rellenarlo. Se volvió a sentar frente a él y todos sus sentimientos explotaron, desahogándose con el clavel como si de su esposa se tratase.
Tres días después, volvió a ocupar la misma mesa, con la misma tristeza de todas las mañanas, pero algo había cambiado. El clavel se encontraba más vivo que nunca, lo que le hizo pensar que su mujer había encontrado la forma de seguir a su lado. "Es ella, lo sé, cariño sé que eres tú, esto es una señal, sabía que no me habías abandonado" dijo él.

Y, desde entonces, se dedicó noche y día a cuidarlo, a mimarlo, a hablarle y contarle todo lo que le sucedía. 
Pero lo que él no sabía es que ella aún se encontraba viva. Y no en ese clavel, si no en su corazón. Que jamás iba a abandonarlo porque permanecía ahí, dentro de sus sentimientos que seguían igual de vivos que el primer día.

Y es que, cuando alguien que amamos se va, nos deja viviendo en una vida en la que no tenemos a su parte terrenal entre nosotros. Es su espíritu, sus recuerdos, nuestros sentimientos... toda esa parte sigue viva en nosotros y en el resto de personas, por lo que no nos ha abandonado y sigue viviendo con nosotros, como si fuera una etapa en la que estemos viviendo separados de ella. Aunque nunca podremos volver a tener su cálido tacto, o volver a ver su brillante sonrisa, o escuchar esas dulces palabras llenas de amor y pureza...


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